Wednesday, March 28, 2012

Cuba: Un mensaje de paz en un clima de violencia

Alejandro Armengol

Hasta ahora uno de los hechos importantes a destacar, en el marco en el cual se desarrolla la visita del papa Benedicto XVI a la Isla, no es la misa realizada en Santiago de Cuba, la imagen de la Caridad del Cobre, el recibimiento en el aeropuerto de esa ciudad o Raúl Castro en pose de humilde, con su séquito entre aburrido y temeroso de que algo se salga del guión. Es precisamente un pequeño incidente, sin grandes consecuencias — como se apresuró a afirmar una CNN también temerosa — pero que ilustra muy bien la esencia de la Cuba real.

Todo ocurrió con rapidez y sin aspaviento. Un cubano logra esquivar dos de los cordones de seguridad — la investigación de lo que ocurrió debe haberse realizado y nuevas medidas para evitar que se repita ya deben estar vigentes ― y comienza a gritar “Abajo el Comunismo”. Llama la atención ese grito en estos momentos, y sin duda hay que relacionarlo con las palabras del propio Papa a su partida de Roma. En el plano ideológico esta visita puede resultar más compleja de lo que se ha comentado, pero aún es pronto para entrar en este terreno.

Sin embargo, lo que importa ahora es un hombre que grita y dos miembros del servicio de seguridad que lo conducen fuera del perímetro donde se va a realizar un acto religioso, una misa que aún no se ha iniciado.

Hasta aquí, lo ocurrido es simple. Ha sucedido en muchas partes, incluso en la Basílica de San Pedro. Por otra parte, los agentes no están empleado fuerza extrema para sacar al hombre, y de acuerdo a las imágenes de televisión no lo han golpeado, ni lo arrastran violentamente ni hay un rostro ensangrentado que produzca una imagen de impacto. Es a la salida del perímetro en que se encuentran los participantes en la misa que ocurre lo increíble: un miembro de la Cruz Roja se acerca rápidamente al hombre que ha gritado y le da una galleta que le vira el rostro. De inmediato brota como una fiebre de ira entre los supuestos feligreses ― esos mismos que supuestamente han venido a rezar y darse palmadas y a saludarse mutuamente ― y estos comienzan a lanzar golpes que no solo alcanzan al hombre sino también al agente de seguridad que lo tiene agarrado. En medio del caos, al fornido miembro de la Cruz Roja no le basta con lanzar la primera galleta, sino que utilizando la camilla como arma la emprende contra ese ser humano ― que se supone sea su hermano y al que él debe cuidar si sufre una lesión o un desmayo ― con furia homicida.

Así que, de pronto, lo que debe ser un acto de amor se convierte en una trifulca, que ocurre simplemente por tres palabras gritadas en medio de una plaza. Todo sucede en un lugar fuertemente custodiado y protegido, en medio de una multitud que hay que suponer que en buena medida ha sido seleccionada para estar allí, y que en su totalidad sabe que cualquier hecho que interrumpa el programa elaborado al detalle tendrá consecuencias.

No hay más. No hay sangre ni masacre ni una golpiza excesiva. Pero lo que ocurrió es suficiente para una vez más alertar sobre el peligro de desintegración, caos y violencia que pesa cada vez con más fuerza en la sociedad cubana.

De inmediato se pueden plantear dos hipótesis. Una es que el camillero de la Cruz Roja sea agente de la Seguridad cubana, y estuviera cumpliendo órdenes de reprimir con violencia cualquier intento de alterar el plan establecido para la ceremonia.

La segunda hipótesis es la más preocupante. El camillero actuó “por la libre”, guiado por un afán de “ganarse puntos”, en un esfuerzo para destacarse por encima de los otros, de ser “más papista que el Papa”. Y el resto de los que, de inmediato, comienzan a lanzar golpes comprende que no es el momento de quedarse fuera, que hay que mostrar una actitud combativa. Hay algo también que causa alarma en todo esto, y es que de pronto un grupo de supuestos feligreses no hallan nada mejor para mostrar su fe que desahogar una agresividad reprimida.

La conclusión es que siguen aumentando las demostraciones que evidencian que una parte de la población cubana está dispuesta a realizar actos violentos ― o no sabe controlar sus pasiones e instintos ― y reacciona ante los estímulos más simples. Ese es el sector de la población que se presta a participar en actos de repudio, donde son guiados y controlados por un grupo de agentes represivos. Es decir, no alcanzan siquiera el grado de profesionales de la violencia: son simplemente matones de ocasión.

En un futuro más o menos inmediato, tras la desaparición de los Castro, de este estrato de la población cubana saldrán los pandilleros, extorsionistas, abusadores y hasta asesinos que muy probablemente sirvan para suplir la demanda de delincuentes y personas violentas a ser empleadas por los diversos grupos  dedicados a las actividades ilegales que se teme florezcan en la Isla.

No es un florecimiento de hechos delictivos el único peligro que acecha respecto a estos seres sin escrúpulos que en la actualidad encuentran satisfacción y provecho en participar en los actos de represión.

El problema principal es la existencia de un grupo poblacional acostumbrado a vivir bajo un régimen totalitario, que de pronto va a encontrarse incapaz de vivir en libertad, con las responsabilidades que este hecho atañe. Esos que golpean hoy serán los inadaptados de mañana.

¿Será posible, en un futuro más o menos inmediato, “reconstruir al cubano”?

Mientras abundan los estudios y conferencias sobre la reconstrucción de la Cuba poscastrista, poco se ha profundizado en esta transformación, desde la óptica del individuo.

Enfrentar la necesidad urgente de crear los medios que posibiliten los cambios, para que el cubano devenga en un individuo capaz de enfrentar los retos y beneficios de un estado democrático y una sociedad civil, es tan apremiante como discutir las bases económicas y políticas de la nación del futuro. Conocer cómo piensan y actúan las personas que por demasiado tiempo han sobrevivido en un país en ruinas abarca un universo más amplio que las discusiones políticas.

Lo que se ha estado fraguando durante los últimos años en Cuba es un escenario extremadamente volátil, que hasta ahora el Gobierno de la Isla ha logrado controlar con represión y promesas.

Pese a ser generalizada, la represión se manifiesta de forma más visible contra la disidencia. El régimen aún cuenta con la capacidad de mantener fragmentada no solo a la disidencia ― ello no es noticia desde hace años ― sino en lograr que las pequeñas protestas y actos de desacato que ocurren a diario no alcancen una dimensión mayor. Ni la disidencia guía o logra aglutinar el sentimiento de descontento nacional ni el Gobierno ha logrado grandes avances en un programa destinado a paliar en alguna medida la pobreza imperante. En este sentido, hay más bien un estancamiento, tanto en la oposición como en el Gobierno, cuyas reformas avanzan tan lentamente que simplemente puede decirse que están detenidas.

Todo ello lleva a un aumento de las posibilidades de un estallido social. De producirse esta fragmentación violenta ― y con independencia del resultado de la misma ― el uso del caos y la fuerza como solución de los problemas se convertiría en un patrón de conducta adoptado por una parte de la población de la Isla, que limitaría o impediría el avance social, al igual que ocurre actualmente en Haití. La manipulación dejaría de estar institucionalizada, como ocurre ahora, y se convertiría en tarea en manos de pequeños matones, demagogos y politiqueros de esquina. El Gobierno de los hermanos Castro está empeñado en dejar solo el caos tras su desaparición.

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