El bautizo de Miami
Jorge Ramos. EL
NUEVO HERALD
Llevo
casi un cuarto de siglo viviendo en Miami y sé que cuando alguien llega a esta
ciudad lo más probable es que sea sometido a un simple pero feroz
interrogatorio: ¿estás a favor de la dictadura castrista o en su contra? La
respuesta, inmediatamente, te clasificará como un amigo o un enemigo del exilio
cubano. Este ritual es lo que yo llamo el bautizo de Miami.
Nadie
importante se escapa. Políticos, diplomáticos, deportistas y artistas pasan por
este “bautizo”. Una vez que pisan tierra miamense, un periodista o un exiliado
se encargará de hacerles la pregunta. Y está prohibido responder “no sé” o
“déjame pensarlo un poquito más”.
Es
una cuestión de sobrevivencia. Se trata de definir quién está contigo y quién
en contra. En esta comunidad hay mucho dolor y resentimiento; cientos de miles
huyeron de la dictadura comunista y lo perdieron todo. Esa pregunta busca, al
mismo tiempo, concientizar sobre el brutal régimen y crear alianzas para su inevitable
y futura desaparición.
No
hay castrismo sin Fidel y Raúl Castro, y los dos líderes están a punto de pasar
la hoja. Basta ver su edad. Son una desgraciada excepción frente a los
movimientos mundiales contra caudillos y tiranos. Su sangrienta dictadura de 53
años se ha caracterizado por la represión, la falta de libertad y la absoluta
ausencia de democracia multipartidista. Dos tipos han decidido por décadas el
destino de millones y eso no se vale.
Ozzie
Guillén, el manager venezolano del equipo de béisbol de los Marlins, debió
saber sobre este bautizo de Miami antes de decirle a la revista Time que amaba
y admiraba a Fidel Castro. Es imposible decir una estupidez así sin ofender a
la ciudad que te da de comer y que pagó millones de dólares de impuestos para
construir un estadio que no se necesitaba. (¿No hubiera sido mejor usar ese
dinero para construir buenas escuelas? Bueno, ese es otro espinoso tema.)
Los
cubanos de Miami son implacables con este tema y tienen toda la razón. Hay que
criticar y denunciar las dictaduras en todo momento, sin tregua. Elie Wiesel,
el premio Nobel de la paz y sobreviviente del holocausto, lo dijo mejor que
nadie: “Hay que tomar partido. La
neutralidad ayuda al opresor, nunca a la víctima. La acción es el único remedio
contra la indiferencia”.
No
se puede ni se debe ser neutral ante Fidel y Raúl Castro. Son vergonzosas las
imágenes del Papa Benedicto XVI de la mano, literalmente, con Fidel. El Papa
prefirió al opresor que a las víctimas y ─ al igual que el presidente de
México, Felipe Calderón, durante su reciente visita a La Habana ─ se rehusó a
reunirse por un minuto con las Damas de Blanco y otros disidentes. El Papa y
Calderón tomaron partido con los que matan y reprimen, no con los que buscan un
cambio democrático.
Estas
son las cosas que molestan tanto en Miami. El exilio cubano, correcta y
tristemente, sabe que lo han dejado solo en su lucha contra la dictadura
castrista. Cada visita en La Habana, cada foto con un sonriente Fidel, cada vez
que un presidente o político se rehúsa a llamar tirano a quien gobierna a dedo
y a fusil, los cubanos de Miami reafirman su convicción de que el mundo le ha
dado la espalda a su tragedia.
Miami
ha crecido mucho pero aún tiene ese aire de que todo es transitorio. Estamos,
parecen decir los cubanos, pero solo hasta que Cuba sea libre. La sensación de
temporalidad de la ciudad se reforzó con la llegada de los nicaragüenses
huyendo de los sandinistas, y de los colombianos de la violencia, y de los venezolanos
de Hugo Chávez.
Cada
crisis latinoamericana significa más renta de apartamentos en Brickell y Miami
Beach y de casas en Hialeah y Kendall.
Miami
es un refugio; un lugar donde se espera el cambio, donde se curan las heridas y
donde se prepara el regreso. Pero en el caso de los cubanos, ese posible
regreso se ha postergado por más de medio siglo y aún no hay fecha.
Se
derrumbó el muro de Berlín y el bloque socialista y en Cuba no pasó nada. La
primavera árabe se enfrió en la isla. Y esa frustración de que cualquier
intento de apertura, hasta la internet, se estrella con el malecón de La
Habana, se siente en carne viva en Miami.
Por
eso, lo que le queda a esta comunidad, es mantener con dignidad y firmeza su
oposición al régimen de la Habana. Y eso implica criticar y denunciar a
cualquiera que intente ocultar la desgracia que se vive en Cuba.
Ozzie
Guillen pidió “perdón con el corazón en la mano, de rodillas” tras declarar su
amor por Fidel. El puede decir lo que quiera. La primera enmienda de la Constitución
lo protege. Pero el problema es que tocó donde más duele. Las palabras
importan. Los Marlins, protegiendo su inversión, lo suspendieron por cinco
juegos; los cubanos, en el fondo, ya lo poncharon de por vida. Nunca vivirá en
paz aquí.
Mis
dos hijos llevan sangre cubana y estoy muy orgulloso de eso. No puedo dejar de
pensar que si hubieran nacido en Cuba hoy serían esclavos de un sistema, su
vida dependería de dos ancianos y no podrían decir, ni siquiera, “abajo el
comunismo” (como el hombre que fue arrestado tras gritarlo en la misa del Papa
en Santiago). Ellos y yo sabemos la enorme bendición que fue el que nacieran en
Miami.
El
bautizo de Miami es un ritual al que me he acostumbrado y que entiendo a la
perfección. Pone en un lado a los que están por la libertad y del otro a los
que no tienen el valor de llamarle dictador al dictador.
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