Tuesday, April 24, 2012


Responsabilidad genital

Ernesto Morales Licea. MARTINOTICIAS
Guillermo García Frías y José Ramón Machado Ventura

Once portañuelas alegres han empantanado al servicio secreto estadounidense. La dimensión que ha tomado el escándalo de los agentes encargados de proteger a Barack Obama en Cartagena (y que antes decidieron protegerse del stress poniéndose en manos de profesionales del sexo) ha sido devastadora: renuncias, juegos políticos, investigaciones y denuncias.

Para la conservadora y severa sociedad norteamericana el dilema no sólo tiene el matiz simbólico de pensar a los hombres destinados a velar por la seguridad de su presidente en orgías desenfrenadas y lúdicras, sino peor aún: que seamos nosotros, los contribuyentes, quienes pongamos los dólares en sus bolsillos para las fiestecitas nocturnas.

 Me resulta imposible no recordar situaciones semejantes, secretos a voces iguales o peores en el país en el que nací y formé mi conciencia cívica. La comparación de circunstancias y consecuencias es aberrante.

 Mientras las cabezas de los agentes secretos ruedan, tres hoy, dos mañana, todas alguna vez, y la sociedad estadounidense pide cuentas por este desenfreno ético y moral, el Vicepresidente del Consejo de Estado cubano desfoga su senil perversión con total impunidad.

 José Ramón Machado Ventura reserva mujeres en cada provincia a donde va. Nunca menos de dos. La práctica es tan conocida entre sus subordinados que en su agenda de visitas oficiales, fotos en panaderías y parques e inauguraciones de mercados agrícolas, siempre deben quedar algunas horas vacantes para el placer sexual del anciano Vicepresidente.

 Al menos, su placer ocular: José Ramón Machado Ventura tiene 82 años. Otro gerontócrata de los que no escasean en la cúpula dirigente cubana sazona sus vacaciones privadas con atenciones de hasta tres y cuatro geishas tropicales, la mejor cosecha de su Isla voluptuosa.

 El Comandante de la Revolución Guillermo García Frías, hombre de vicios incontenibles entre los cuales figuran las peleas de gallos, los derroches en regalos sórdidos para sus queridas de alcoba, y las bacanales con doncellas (mientras más jóvenes mejor), ha podido disfrutar, en su eterno puesto de símbolo de una dictadura, de las mejores mujeres de su pisoteado país.

 Es vox populi. Todos lo saben. Sus ex amantes lo pregonan. Quienes han cocinado langostas y servido el vino para sus noches, dan fe de ello. Todos los periodistas oficiales han tenido noticia de esto alguna vez.

Como mismo todos supimos de la granja humana en que convirtieron Carlos Valenciaga y Hassan Pérez Casabona a la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), donde iban a elegir a las candidatas de cada fin de semana con el goce del azar: “Este sábado tú y tú, el sábado que viene aquellas dos…”.

 Fotos y videos, orgías lésbicas y heterosexuales, y dinero, mucho dinero puesto en función de sus excesos de placer, el mismo dinero que cada año falta para las escuelas cubanas, para los hospitales, las vías públicas, el deporte.

 El inventario de devaneos amorosos que financian los sátrapas de mi país, desde los más elevados hasta sus pajes beneficiados, sería el cuento de nunca acabar. Algunos pagan sus mancebos, otros sus doncellas, la mayoría goza de la impunidad sexual de un sistema sin libertades para la denuncia o la exigencia de poner cuentas claras ante el pueblo al que mal representan.

 Cuando a mediados de los años ’90 la becaria Monica Lewinski puso en el centro de la tormenta a uno de los presidentes más admirados de la historia de los Estados Unidos, una verdad como un templo emergió de entre aquel lodazal de sensacionalismo y chismorreo palaciego: ni tras las puertas de la Casa Blanca existe impunidad en una democracia como la estadounidense.

 Las reglas que debe cumplir el menor de los empresarios de este país con sus empleadas, debe respetarlo también el Presidente.

 Quizás con una criollita impúber sentada en cada pierna, los guardaespaldas, asesores, voceros y soldaditos diligentes de cada politicastro cubano se burlarán del destino nefasto que les espera a los miembros del servicio secreto norteamericano ahora que una apetecible colombiana les sacó sus trapos sucios a la luz.

 Brindando con champán y fresas festejarán sus jefes el manchado nombre de la delegación americana en Cartagena. Las mujercitas que juegan su juego aderezan el festejo con risitas sin preguntas.

 La franja irreconciliable que separa a las naciones democráticas de las amordazadas por el poder, tiene en la responsabilidad genital un termómetro que no falla jamás.

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