Wednesday, January 25, 2012

¿Chavismo húngaro?

Fernando Mires. Blog  POLIS

Cada vez que Daniel Cohn-Bendit pronuncia uno de sus apasionados discursos, las cámaras lo enfocan y los traductores transcriben sus palabras a todos los idiomas. Pero ese 18 de Enero, cuando compareció el Primer Ministro Viktor Orbán ante el Parlamento Europeo, la expectación era mayor. No sólo por sus opiniones antisemitas, además por la política que representa Orbán, muchos sabían que para Dany –como lo llaman sus amigos- había llegado la hora de ajustar ciertas cuentas.
Más que un discurso fue una ceremonia de bautizo. Desde ese día Orbán es conocido en toda Europa como “el Chávez europeo”. La verdad es que también Cohn-Bendit lo comparó con Fidel Castro. Pero el instinto medial recogió sólo el nombre del venezolano, como si la comparación entre Orbán y Chávez se entendiera por sí sola. Algo que –pensé yo- en América Latina no sería tan obvio.
En América Latina no pocos consideran a Hugo Chávez un presidente de izquierda, antiimperialista, incluso comunista. Viktor Orbán, en cambio, es anticomunista, cristiano fundamentalista, defensor de los valores más rancios como patria, orden, familia. Enemigo de homosexuales, gitanos, del sexo pre-matrimonial y del aborto, en fin de todo lo que no se ajuste a su rígido concepto de unidad nacional cristiana. Menos que fascista, como lo nombran sus enemigos, es un franquista póstumo. ¿En qué pensó entonces Cohn-Bendit cuando lo comparó con el presidente Chávez? Y, sobre todo ¿En qué pensó la prensa cuando acuñó sin problemas el apodo de “Chávez europeo”?
El periodismo europeo no tiene, por supuesto, muchos motivos para estimar al premier húngaro. Orbán ha restringido al máximo la libertad de prensa. Su objetivo es crear un monopolio estatal de la información. Pero no sólo es en ese punto donde los periodistas han creído encontrar similitudes entre Chávez y Orbán.
Orbán profesa una doctrina nacionalista basada en el culto a los “padres fundadores” de Hungría. En ese sentido Orbán se considera como el re-fundador de la nación, cercada por un enemigo externo: la Europa liberal, socialista, atea y judaizante.
Del mismo modo como Chávez se siente acosado por “el imperio”, Orbán se siente perseguido por una izquierda continental, enemiga de los valores más sagrados de la patria. Orbán, muestra así como la línea que separa al ideal totalitario de derecha del de izquierda es muy delgada. Por eso a nadie sorprende que Orbán haya gobernado con la Constitución heredada del pasado comunista y que la tan anunciada Nueva Constitución no sea más que una leve reforma a la que regía en los tiempos de Janos Kadar.
Aunque Orban fue en su juventud un luchador anti-comunista, mérito que valoró Cohn-Bendit, nunca fue anti-totalitario. Las ideologías que profesan Chávez y Orbán son, en ese sentido, diferentes. Pero el paradigma es el mismo.
Viktor Orbán pertenece a la ya larga lista de mandatarios no democráticos legitimados por elecciones. Cuando llegó al gobierno (Abril de 2010) obtuvo el 52,73 % de los votos. Sus más fervorosos seguidores no se encuentran en las ciudades sino en zonas suburbanas y rurales, en esa “Hungría profunda” ajena a los estratos cultos y cosmopolitas de Budapest. Rodeado por ideólogos ultra-nacionalistas, entre los que se cuentan ex-comunistas y militares, Orbán es portador de un resentimiento colectivo frente a la modernidad, lo que no dificulta para que en términos económicos abogue por un capitalismo salvaje de Estado.
La carrera política de Orbán comenzó con la fundación del partido “Fidesz”, el que depende totalmente de su carisma personal. Ese partido fue, además, su trampolín hacia el poder. En 1990 fue elegido diputado, destacando su inflamada oratoria. Orbán es, en efecto, un consumado hipnotizador de masas y ha pasado a engrosar la gran familia del populismo mundial. Su ideal de gobierno es, como ha destacado el escritor  György Konrád, unitario: “un líder, un pueblo, un Estado”. El Fidesz, como fue el ex-Partido Comunista, es un Partido-Estado, un “partido orbanista”. “No hay orbanismo sin Orbán”, dicen en Hungría.
Y como gobernantes al estilo Orbán no son escasos en las naciones post-comunistas, sobre todo en Asia Central, los opositores húngaros señalan, apelando al buen humor, que Hungría pronto se llamará Orbanistán, lo que apenas logra ocultar ese miedo denso que se cierne sobre el continente. No son pocos quienes opinan que Orbán, después de haberse mostrado obsecuente en Estrasburgo, sólo busca ganar tiempo en espera de que en el futuro cercano surjan regímenes similares en Europa. Si se piensa que en Francia la xenófoba Marine, hija de Le Pen -una especie de Keiko Fujimori parisiense- avanza cada vez más en las encuestas, los miedos son muy justificados.
No deja de haber cierta ironía en el hecho de  que en Latinoamérica multitudes de politólogos se han devanado los sesos en busca de una analogía europea para designar al fenómeno venezolano. Algunos han creído ver en el chavismo la versión latinoamericana del fascismo. Otros lo califican como neo-estalinismo. Analistas más refinados nos hablan de bonapartismo, cesarismo, sultanismo. Lo cierto es que para los periodistas europeos el problema es más simple: el chavismo es chavismo y punto. Y Viktor Orban es, para ellos, el chavista húngaro. De este modo, el presidente Hugo Chávez, sin habérselo propuesto, ha realizado una gran contribución teórica a la politología moderna. Quién lo iba a pensar.

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