Monday, January 30, 2012

En su rechazo está el reconocimiento

Mario J. Viera

Como les conozco, no me hice ilusiones con los resultados de esa llamada Primera Conferencia Nacional del totalitario partido de Cuba celebrada durante el 28 y 29 de enero. No fui uno de aquellos que “confundiendo sus más íntimas aspiraciones con la realidad, se ilusionaron con que la Conferencia consagraría el inicio del desmontaje del sistema político y social...” como afirmara el actual regente del gobierno de Cuba a la conclusión del conclave de los comunistas. Por ello no le concedí demasiada importancia. ¡Nada cambiaría! Las conclusiones tienen solo el carácter de un Déjà vu reiterativo.
La gerontocracia no está dispuesta a hacer ni la más mínima concesión política que pueda poner en peligro su dominio exclusivo sobre la sociedad y el Estado.
El discurso de clausura de la cacareada Conferencia pronunciado por Raúl Castro fue un discurso amenazador y cargado de la retórica habitual a que nos tienen acostumbrado los usurpadores del poder en Cuba. Es la reafirmación de que, con los comunistas en el poder, no hay, ni habrá aperturas ni reformas que impliquen un cambio hacia la democracia. El menor de los dos ancianos que durante 53 años han usurpado el gobierno cubano no pretendió “filosofar sobre la vigencia y utilidad de la llamada democracia representativa” a la que consideró como “la concentración del poder político en la clase que detenta la hegemonía económica y financiera de cada nación, donde las mayorías tampoco cuentan...”. La democracia es, en su modo de ver, algo que no es posible definir; porque ¿acaso es el poder del pueblo? ¿O es el poder de una elite partidista?, puesto que “patria, revolución y socialismo, están fusionados indisolublemente” cual una especial e inseparable entelequia. La democracia con este juego de palabras se convierte por definición en “poder de los ‘revolucionarios’ de los ‘socialistas’, es decir, de los comunistas”.
Todo el poder descansa y dimana de un ente ficticio, el Partido Comunista, no compatible con la existencia de partidos de oposición, aunque adversarios y simpatizantes exijan “la reinstauración del modelo multipartidista que existió en Cuba bajo el dominio neocolonial de los Estados Unidos” según lo interpreta el general de oficina que usurpa la presidencia de Cuba.
Patria, revolución y socialismo como un ente único no requiere otro partido que no sea aquel en el cual se apoya el poder dictatorial; entonces “Renunciar al principio de un solo partido equivaldría, sencillamente, a legalizar al partido o los partidos del imperialismo en suelo patrio y sacrificar el arma estratégica de la unidad de los cubanos”. Un rechazo que en sí mismo implica el reconocimiento de que la tal unidad en torno al poder usurpador es una falacia.
Castro lo reconoce implícitamente. La mayoría de la población se afiliaría a los nuevos partidos y la fuerza de estos partidos impondría el reclamo de elecciones competitivas por las que los comunistas quedarían desplazados del poder. Castro sabe que incluso dentro de sus propias filas muchos abandonarían el partido comunista y se unirían a cualquier otro partido que no les ahogara en sus aspiraciones y que respetara la individualidad de sus opiniones.
Argumentando sobre la fragilidad de sus tesis, Raúl Castro hace una apócrifa cita de José Martí sobre el Partido Revolucionario Cubano (PRC) que había fundado con carácter provisorio hasta la conquista de la independencia política: “Para fomentar la revolución de modo que puedan entrar en ella (...) todos los cubanos de buena voluntad: (...) Todos los que amen a Cuba, o la respeten”. La Base primera del PRC establecía: “El Partido Revolucionario Cubano se constituye para lograr, con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”; y el artículo 5 de esas bases ni siquiera le pasaría por su mente a Castro:
Artículo 5. El Partido Revolucionario Cubano no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio, sino preparar, con cuantos medios eficaces le permita la libertad del extranjero, la guerra que se ha de hacer para el decoro y bien de todos los cubanos, y entregar a todo el país la patria libre.
En la idea de José Martí, el Apóstol de la Independencia, no se configuraba la constitución de un gobierno usurpador y dictatorial como el impuesto en Cuba por los Castro. En discurso pronunciado en Tampa, conocido como “Con todos y para el bien de todos” diría Martí:
“¡Para ajustar en la paz y en la equidad los intereses y derechos de los habitantes leales de Cuba trabajamos, y no para erigir, a la boca del continente, de la república, la mayordomía espantada de Veintimilla, o la hacienda sangrienta de Rosas, o el Paraguay lúgubre de Francia!”
Al justificar los errores cometidos durante cincuenta años bajo la égida de Fidel Castro y de su partido comunista, Castro Segundo afirma: “No ha existido ni existirá una revolución sin errores”. Gran verdad pero con un enorme error de concepto: No ha existido ni existirá una revolución que dure 50 años. La revolución siempre es un proceso convulsivo de la sociedad, de corta duración que concluye una vez alcanzado sus objetivos programáticos para ceder luego el paso a la normalización de la vida de la sociedad. Las revoluciones tienen tres fases distintivas, la fase inicial o estallido, la lucha de lo nuevo contra lo viejo, y la normalización gradual y continua de la vida política. Todo intento de extender un proceso revolucionario más alla de sus límites u objetivos la degenera hasta convertirse en la negación de su propia realidad.
Mas no importa los errores cometidos. La vieja generación serrana ella misma emprenderá la superación de sus propios errores. No se admite nuevos actores en la superación de los dislates cometidos: “La generación que hizo la Revolución ha tenido el privilegio histórico, pocas veces visto, de poder conducir la rectificación de los errores cometidos por ella misma”, ha sido lenta esa generación para percatarse de los fallos, tal vez el sobresalto de los ecos de la Primavera Arabe le ha impulsado a hacer ajustes para sobrevivir un poco más de tiempo, del tiempo que ya se les acaba por imperativos biológicos y por imperativos sociales y quizá históricos ─ aunque no exista el determinismo histórico ─. Tal vez, ellos que se dicen martianos, olvidan esta recomendación de José Martí en el Prólogo a ‘Cuentos de hoy y de mañana’ de Rafael Castro Palomino: “Y quien intenta gobernar, hágase digno del gobierno, porque si, ya en él, se le van las riendas de la mano, o de no saber qué hacer con ellas, enloquece, y las sacude como látigo sobre las espaldas de los gobernados, de fijo que se las arrebatan, y muy justamente, y se queda sin ellas por siglos enteros

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